¿Qué tal?
Los seres sensibles son innumerables. Prometo liberarlos a todos.
Son las seis de la mañana, Luis toca una campana y empieza la meditación. A Luis le conocí ayer, la noche de San Juan. Me dio algunas instrucciones. Pocas y muy sencillas: cuando suene la campana, haremos el saludo budista que te he enseñado y nos sentaremos cara a la pared. A partir de ahí, solo una cosa más: atiende a tu respiración. Y si tu mente se va a otro sitio, vuelve a ella. Ve y vuelve las veces que necesites, pero sin enfadarte contigo mismo. Reñirte, nunca. Eso lo remarcó.
Llegué aquí hace dos días. Vine porque estoy cansado. No quiero escuchar más resultados de pruebas médicas, no quiero conocerme más a mí mismo, no quiero más tiempo libre, ni descubrir un nuevo hobby. En realidad, vine porque necesito entender. Necesito entender por qué, cada vez que me preguntan ¿qué tal?, solo consigo responder: bien, ¿y tú?
Trato de no reñirme. Vuelvo a centrarme en el movimiento de mi diafragma, en cómo se expande con la inspiración y cede con la espiración. Cuento las respiraciones mientras lucho por mantener la posición que Luis me ha recomendado: sentado en el suelo, de cara a la pared, con las piernas cruzadas y la espalda erguida. Todo ello sin pensar en las cosas que tengo que hacer en casa, o en lo buena que estaba la fideuá de ayer. No es fácil. Dos personas entran en la sala de golpe. Sin saludar, se sientan en el suelo y empiezan a meditar.
Quizás sea normal no saber cómo estás. En los últimos meses, he aprendido demasiadas cosas de golpe. He aprendido que algunas personas, incluso amigos, evitarán preguntarte cómo estás si sospechan que la respuesta no les va a gustar. Pero también he aprendido que, cuando preguntamos ¿qué tal?, casi nunca esperamos una respuesta sincera. Es solo una forma de hablar.
El primer falso ¿qué tal? que descubrí es sencillo y sutil. Basta con decir qué tal y después, rápido y sin respirar, añadir otra pregunta que aniquile la primera. Qué tal, cómo has venido. Qué tal, menudo calor tendrás en casa. Qué tal, cuánto tiempo sin verte. Una pequeña apnea y dos o tres palabras más. Solo con eso ya dejamos claro que estamos abiertos a quejas sobre el transporte público, disertaciones en torno a la desgracia de no tener aire acondicionado o cuentos sobre lo ocupada que es la vida de un adulto joven. Hay muchas opciones, pero la sinceridad no es una de ellas.
Luis toca la campana de nuevo y me rescata, me saca a flote de esta marea de rabia que me arrastra. Ya han pasado veinticinco minutos y solo habré estado dos o tres conectado con mi respiración. Pero no me riño. Nos ponemos de pie y repetimos el saludo. Después, empezamos a caminar en círculos por la sala. Las instrucciones para la meditación caminada también son sencillas. Ser consciente solo de la pisada. Nada más. Tras cinco minutos caminando, campana, saludo y otra vez contra la pared.
Respiración a respiración, me enfrento a otros veinticinco minutos más. Intento sentir mi diafragma y corregir la postura de mi espalda, pero sigo pensando en el uso fraudulento del qué tal. Pienso en un mecanismo aún más sutil. Sin palabras, solo con una mirada, una cierta posición corporal. Palmadas en la espalda, miradas a un tercero en busca de ayuda, un jugueteo con las llaves de casa. Todas estas señales, por pequeñas que parezcan, me han impedido ser sincero. Y, las veces que he decidido ignorarlas y lanzarme a la piscina, ha sido peor: he acabado zambullido en un océano denso e incómodo, del que he tenido que salir solo. Cada qué tal requiere un acto de telepatía. Porque hay quien está dispuesto a zambullirse contigo, pero también hay quien prefiere no mojarse ni la punta del zapato.
Intento sentir mi diafragma y corregir la postura de mi espalda. No sé cuánto tiempo de meditación queda, pero ya he memorizado todos los surcos del gotelé de la pared y se me han dormido las piernas. Vuelvo a concentrarme en respirar y al poco tiempo suena la campana final. Nos levantamos, miramos al centro, saludamos y leemos un texto budista en alto. Ellos se lo saben de memoria, pero a mí han tenido que darme una chuleta —un libro abierto por una página que empieza así:
Los seres sensibles son innumerables, prometo liberarlos a todos.
Mientras leo en alto, pienso en otro tipo de personas: las que se preocupan demasiado cuando respondes a sus qué tales. Su forma de escapar consiste en embestir hacia delante, y te ahogan con más preocupaciones que las que traías. Así que acabas por ocultarles la verdad o, peor aún, acabas tranquilizándolas tú a ellas. Vuelvo a leer: «Los seres sensibles son innumerables. Prometo liberarlos a todos». ¿Cómo puedo yo liberarlos de tanta preocupación? ¿Tengo que hacer también ese trabajo?
Justo antes de acabar el texto budista, me doy cuenta de algo más. Expuesto a tantos falsos qué tales, he llegado a pensar que todas las personas que me preguntaban lo hacían desde el desinterés. Me he ido encerrando en mí mismo, desesperado ante un futuro incierto en el que nadie más me preguntará con sinceridad qué tal estás. Aislado e incomprendido, muchas veces yo mismo me he impedido decir qué tal estoy.
Recogemos la sala y salimos a la calle. No he sido capaz de mantenerme atento, y confieso que me he reñido un poco. Luis me presenta a Josep y Marta, que viven en el pueblo y vienen todos los días a meditar con él. Al salir, Luis les pregunta qué tal están. Josep está preocupado por su furgoneta. La compró hace unos meses y ya ha tenido que llevarla tres veces al taller. Marta volvió anoche de visitar a un familiar que vive lejos. Lo intenta explicar, pero a la segunda frase se derrumba y empieza a llorar. Josep y Luis no intentan calmar ni apagar su dolor. La abrazan.
Miro el abrazo colectivo desde fuera, conmovido por un qué tal tan verdadero. Fruto de una pregunta sincera, pero también de una respuesta honesta. Me alejo mientras pienso en cómo Marta se acaba de abrir con sus compañeros. También en toda la gente que este año ha dedicado tantas horas a hablar de como yo estaba, incluso en conocidos que se han atrevido a llamarme después de años. O a gritar mi nombre, cruzar la acera y darme un abrazo. Recojo la habitación, devuelvo la llave en recepción y me subo al coche. A ver qué tal la vuelta.




¿Qué tal?